El teléfono

          Espero no equivocarme si digo que todos, el menos una vez, jugamos al teléfono. El juego es muy sencillo: alguien le dice un mensaje en voz baja a su compañero y este debe escuchar el mensaje y transmitirlo a un segundo compañero de la manera más fidedigna posible hasta llegar al último participante. Al final, este último debe decir el mensaje que escuchó: el resultado siempre es hilarante. Evidentemente existe una relación directa entre el número de participantes y lo divergente del último mensaje.

            Les cuento esto por que, como ya saben, he aprovechado mi tiempo de licencia médica para estudiar el tema de los transgénicos, la legislación chilena y las últimas publicaciones al respecto. Haciéndolo, he encontrado una enorme similitud entre el juego del teléfono y la postura de quienes atacan a los cultivos transgénicos.

            Tomemos como ejemplo el último trabajo científico que han usado estos grupos como caballito de batalla: “Genetically modified crops safety assessments: present limits and possible improvements” una revisión de Séralini y colaboradores (Environmental Sciences Europe 2011, 23:10).

El trabajo revisa en 10 páginas todos los artículos publicados en donde se han detectado daños en diferentes sistemas modelo: células en cultivos, embriones y ratones. En total se mencionan 19 trabajos (no cientos, como argumentan los grupos anti-transgénicos) y de ellos, sólo en 7 se habrían encontrado diferencias significativas según este estudio (5 de estos trabajos involucran a un mismo grupo de autores)

            Aquí empiezan los problemas. Viene el líder del movimiento anti-transgénicos, lee el resumen y postea “nueva y sólida evidencia científica confirma que los transgénicos son tóxicos”. De ahí en más el mensaje se distorsiona cada vez que es re-posteado, hasta terminar en un “todos moriremos”.

            Como nosotros somos más curiosos, leemos el resumen. Pero también la revisión. Y también los trabajos que cita la revisión. Y ahí queda claro que los autores de la revisión tampoco leyeron bien los trabajos que ellos mismos citan. Y vamos jugando al teléfono. Algunos ejemplos de los trabajos citados en la revisón:

14. Zhu Y, Li D, Wang F, Yin J, Jin H: Nutritional assessment and fate of DNA of soybean meal from roundup ready or conventional soybeans using rats. Arch Anim Nutr 2004, 58:295-310. La frase final del resumen de este trabajo es “No adverse effects of glyphosate-tolerant soybean meal on rats were seen even at levels as high as 90% of the diet.” No es necesario hacer más comentarios.

15. Vecchio L, Cisterna B, Malatesta M, Martin TE, Biggiogera M: Ultrastructural analysis of testes from mice fed on genetically modified soybean. Eur J Histochem 2004, 48:448-454. Los autores analizan el tejido testicular de ratones alimentados con Soya transgénica, ya que este tejido ha sido usado previamente como biomarcador de contaminación por toxinas. Se detectan diferencias temporales en ciertos marcadores moleculares usando una técnica de inmunoelectromicroscopía, técnica poco apropiada para un estudio de esta naturaleza. Además, detectan alteraciones (aumento de tamaño) en el retículo endoplásmico liso en las células de Sertoli y una disminución en la densidad (número/área) de los poros nucleares. Su hipótesis es que trazas del herbicida podrían causar los efectos observados, en ningún momento mencionan como posible causa a la soya transgénica.

16. Kilic A, Akay MT: A three generation study with genetically modified Bt corn in rats: biochemical and histopathological investigation. Food Chem Toxicol 2008, 46:1164-1170. La frase final del resumen de este trabajo es “No statistically significant differences were found in relative organ weights of rats within groups but there were some minimal histopathological changes in liver and kidney. Changes in creatinine, total protein and globulin levels were also determined in biochemical analysis” No es necesario hacer más comentarios.

17. Malatesta M, Caporaloni C, Gavaudan S, Rocchi MB, Serafini S, Tiberi C, Gazzanelli G: Ultrastructural morphometrical and immunocytochemical analyses of hepatocyte nuclei from mice fed on genetically modified soybean. Cell Struct Funct 2002, 27:173-180. Se detectaron diferencias mínimas (p>0,05) en algunas características histológicas de los núcleos en hepatocitos de ratones alimentados con Soya GM, usando microscopía electrónica y muestras fijadas en formaldehído (no es la mejor estrategia experimental para estos análisis). Entre las anomalías detectadas hay un aumento en la densidad (número/área) de los poros nucleares (exactamente lo contario que el trabajo de la referencia 15, del que Malatesta también es co-autor). En el caso de las enzimas hepáticas, se detectaron diferencias entre ambos grupos de ratones, pero no correlación entre estas diferencias. Por ejemplo, a los 5 meses el nivel de una enzima era mayor en el grupo control, pero a los 8 meses era mayor en el grupo alimentado con Soya GM.

Para terminar, la guinda de la torta. Hay una empresa farmacéutica francesa llamada Sevene PHARMAque vende un antídoto natural contra los efectos de los transgénicos. El asesor científico de esta empresa es Séralini, el autor de la revisión. Divertido ¿cierto?

Superman al rescate

Investigando y leyendo acerca del proyecto de ley sobre transgénicos que se debatirá en el Congreso, me tope con un libro que me dejó perplejo. Se titula Genetic Roulette (Ruleta Genética) y está escrito por Jeffrey Smith. Es uno de los libros anti-transgénicos más vendidos en el mundo y se supone que entrega, de manera abordable, un resumen de la evidencia científica existente acerca de los daños que producen los transgénicos en animales y, por lo tanto, los potenciales daños a la salud humana. Analizaremos brevemente este libro.
Primero, la portada. Aparece la imagen de una ruleta donde, en vez de números, están los males que pueden acarrear los transgénicos: esterilidad, mortalidad infantil, alergias, defectos en órganos y enfermedades en los niños. En la contraportada: enfermedades crónicas, disfunción del sistema inmune, inflamación y muerte. No dan muchas ganas de jugar a la ruleta.
Segundo, el autor. Jeffrey Smith no es un aparecido en el mundo de la divulgación científica. No. Es el segundo libro de este profesor…de swing. Además del baile, Jeffrey tiene otro talento: puede volar. Si, Jeffrey Smith medita, entra en trance y luego comienza a levitar. Además es el Director Ejecutivo del Institute for Responsible Technology, fundado por él mismo (si a alguien le interesa, recibe donaciones en dinero).
Tercero, el contenido. El bueno de Jeffrey nos ahorró la dura tarea de leer muchos reportes científicos y los resumió para nosotros, encontrando evidencia de 65 riesgos para la salud. Evidencia irrefutable según el sitio web de Jeffrey.
Cuarto, el problema. El libro de Jeffrey, que pretende ser un compendio de literatura científica, está plagado de errores. En este punto es importante aclarar que cuando un investigador quiere publicar sus hallazgos, envía un escrito informando sus resultados a alguna revista científica. Un editor lo lee y, dependiendo del tema del trabajo, lo envía a 2 o 3 científicos que trabajan en esa misma área para que den una visión crítica del manuscrito. Si todos los revisores consideran que el trabajo es bueno, que los experimentos están bien hechos y que lo que el trabajo pretende demostrar está respaldado por la evidencia experimental entregada, entonces el artículo es publicado por la revista. Este proceso recibe el nombre de revisión por los pares (peer review) y es la forma que tienen todas las revistas de escoger los artículos que publicarán. Todas las revistas serias al menos. Es importante aclarar esto por que el libro del Sr. Smith no pasó por un comité de revisores. Sencillamente nadie sabe la calidad de su trabajo (que era leer, resumir e interpretar). Bueno, nadie sabía.
Dos investigadores (que no saben bailar swing ni tampoco pueden volar, pero que si tienen un doctorado en ciencias) se abocaron a la tarea de revisar el libro de Jeffrey. Y no le fue muy bien.
No voy a entrar en detalles, sólo quiero dar un par de ejemplos.
En una parte de su libro, el Sr. Smith comenta un artículo científico donde se describe el caso de ratones alimentados con papas transgénicas (Bt) y como esos ratones sufrieron alteraciones en el intestino. Eventualmente tales alteraciones podrían aparecer también en humanos.
El problema es que el estudio no usó papas transgénicas, si no que papas silvestres suplementadas con un extracto proteico crudo preparado de una cepa no caracterizada de Bacilus thuringesis. Como el Sr. Smith no es experto en la materia, desconoce que los extractos bacterianos crudos están llenos de toxinas y es imposible atribuir el efecto observado a la proteína Bt presente en el extracto. Además desconoce que la proteína Bt si es segura y ha sido usada por décadas como insecticida natural, incluso entre los agricultores “orgánicos”.
En otra parte de su libro, el Sr. Smith resume un artículo donde se encontró que las bacterias del tracto intestinal humano contenían el gen de resistencia a glifosato, y que esas bacterias de hecho podían ser crecidas en un medio de selección suplementado con glifosato. El Sr. Smith se muestra muy preocupado por la capacidad de las bacterias de incorporar estos transgenes.
El Sr. Smith desconoce que las bacterias no sólo incorporan transgenes. Son máquinas de incorporar DNA. Es su manera de evolucionar. No es que los transgenes tengan algo en particular que los hace terminar en las bacterias. Pero más aún, en el estudio mencionado se encontró un pedazo del gen de resistencia a glifosato, el que evidentemente no es funcional (es un trozo del gen, sin promotor ¿sabrá el Sr. Smith lo que es un promotor?). Y por cierto, nunca se seleccionaron bacterias en un medio suplementado con glifosato ¿Por qué el Sr. Smith, que habla inglés, entendió tan mal el artículo? En muchos pasajes de su libro describe hechos que jamás se mencionan en los artículos que cita.
Todas y cada una de las afirmaciones que hace el Sr. Smith en su libro fueron desmentidas cuando se analizó correctamente la información citada por él mismo. Todas.
Lo más patético: un proyecto de ley iniciado por una moción de un parlamentario chileno que repite parte importante del contenido del libro de Jeffrey Smith, incluyendo el ejemplo de las papas Bt. Más patético aun. Una parte del proyecto de ley dice (textual): “El glifosato provocó un retraso en el desarrollo del esqueleto fetal en ratas de laboratorio [83].” No existe bibliografía en el proyecto y la única referencia mencionada es la 83. Asumo que el número 83 corresponde entonces a una referencia del escrito original, copiado y pegado en el proyecto de ley desde alguna página web. Ya saben de quien hablo ¿verdad? Si fuera alumno mío le pongo un 1, por plagio.
Infórmese con quienes saben. Si quiere saber de plantas transgénicas y OGM, hablen con un biólogo molecular de plantas. Si quiere bailar swing (o aprender a volar), busque a Jeffrey.

La cosa más dulce

Muchas veces escuché decir que “todos los grandes descubrimientos científicos se hacen por error”. La frase, si bien injusta, se basa en algunos ejemplos históricos notables, como el de los rayos X. Sin embargo, el caso de los endulzantes artificiales es insuperable: todos fueron descubiertos por error. La historia tras estos descubrimientos nos enseña dos cosas muy importante acerca del trabajo en laboratorio: lavarse las manos después de un día de trabajo y escuchar con atención las instrucciones del jefe.
            La sacarina fue el primer endulzante artificial comercializado en el mundo. Fue descubierto en 1878 por el químico Constantin Fahlberg mientras trabajaba en el laboratorio de Ira Remsen, en la Universidad Johns Hopkins. Ira Remsen era una eminencia: fundó el Departamento de Química en Johns Hopkins y creó la revista American Chemical Journal, de la cual fue editor por 35 años. Constantin Fahlberg venía llegando como post-doc al laboratorio de Remsen y estaba trabajando en derivados oxidados del alquitrán. A sugerencia de Remsen, Fahlberg realizó algunos experimentos y al cenar esa noche en su casa sintió un extraño sabor dulce en el pan, que luego se tornó amargo. Como su esposa no sintió lo mismo supuso que se había contaminado las manos con alguno de los compuestos que había estado sintetizando en el laboratorio. Al día siguiente, valiente él, se dedicó a probar los compuestos sintetizados hasta que dio con el que tenía un fuerte sabor dulce. Rápidamente se dio cuenta del potencial comercial de su descubrimiento accidental. Tiempo después, trabajando en Nueva York, patentó a su nombre el proceso de fabricación, causando la ira de Ira (que irónico, ¿no?) Durante la primera guerra mundial y debido a la escases de azúcar, Fahlberg se hizo millonario con la sacarina, la que dejó un amargo sabor a Remsen.
Remsen se convertiría más tarde en el segundo presidente de la Universidad Johns Hopkins y murió en 1927. Sus cenizas fueron depositadas bajo una placa conmemorativa en el Hall que lleva su nombre y es la única persona enterrada en el campus. Cuenta la leyenda que la noche anterior al examen de química, quienes tocan esa placa, aprueban.
            Debido a que la forma ácida de la sacarina es poco soluble en agua, ésta se comercializa como sal sódica. En los años 70s se publicaron varios estudios que relacionaban el consumo de sacarina con cáncer de vejiga en ratones. Esto hizo que la sacarina fuera prohibida en gran parte del mundo. Sin embargo, asociaciones de diabéticos en los Estados Unidos presionaron para generar una moratoria a la prohibición de la producción y venta de sacarina, logrando que se comercializara con una advertencia acerca de los efectos cancerígenos detectados en ratones.
 Más tarde se demostró que la vejiga de los ratones sufría un proceso inflamatorio al consumir grandes dosis de sacarina y que la respuesta para reparar este daño producía hiperplasia de la vejiga. Lo más importante fue que se descubrió que las altas dosis de sacarina de sodio ingeridas por la ratas en estos experimentos terminaban por generar cristales de sodio en la vejiga y, por lo tanto, no era la sacarina la responsable ni de la inflamación y de los efectos cancerígenos, sino que el sodio utilizado para hacerla soluble. Actualmente varios países han levantado la prohibición de venta a la sacarina, que es sin dudas el edulcorante al que se le han hecho más estudios científicos.
El ciclamato (1937) fue descubierto por Michael Sveda, un descuidado estudiante de pregrado que dejo un cigarrillo sobre el mesón mientras trataba de sintetizar un medicamento contra la fiebre. Cuando se llevó el cigarrillo a la boca sintió un fuerte sabor dulce. Algo similar ocurrió con el aspartamo (1965) y el acesulfamo de potasio (1967) cuando James Schlatter y Karl Clauss, respectivamente,  lamieron sus dedos para tomar una hoja de papel mientras trabajaban en la síntesis de diferentes compuestos y sintieron un fuerte sabor dulce.
El caso de la sucralosa es particularmente insólito. En 1976 la compañía química Tate & Lyle estaba tratando de generar compuestos derivados de la sacarosa que pudieran ser usados en procesos industriales de síntesis química. Para esto, contactaron a la investigadora Leslie Hough del Queen Elizabeth College de Londres (ahora parte del King’s College).
El joven químico Indio Shashikant Phadnis estaba trabajando en el laboratorio de Hough con derivados halogenados de la sacarosa. Una tarde de verano, mientras Phadnis trabajaba con los derivados clorados, su jefa le dijo “test it” (ensáyalo), pero Phadnis entendió “taste it” (pruébalo) y, obediente él, se untó el dedo en el compuesto y se lo llevó a la boca ante la estupefacta mirada de su jefa (no sé en que estaría pensando Phadnis, pero de buenas a primeras no me atrevería a comer ningún derivado clorado de nada)

La sucralosa se vende bajo el nombre comercial de Splenda y es unas 600 veces más dulce que la sacarosa. Como es estable a altas temperaturas puede ser usado para cocinar y casi no es absorbido por el organismo. Sweet!

Man on the Moon

Cuando Gregor Mendel (1822-1884) dio con la leyes de la herencia, no sabía de qué estaba hablando. Me explico. Mendel descubrió que algunas características de las arvejas, como el color o la textura de las semillas, eran heredadas por la descendencia siguiendo cierto patrón. Lo que Mendel no sabía era que cosa/entidad/sustancia hacía eso posible. Eran los genes. La palabra gen fue acuñada por el científico Danés Wilhelm Ludvig Johannsen (1857-1927) y proviene del griego genea, que quiere decir generación. Los genes eran en esa época un concepto sin identidad molecular: eran algo que hacía que los seres vivos fueran amarillos o verdes, redondos o rugosos. 
La determinación de la identidad molecular de los genes fue una de las preguntas más fascinantes a la que se enfrentaron los científicos durante la primera mitad del siglo XX. Por esa época se pensaba que las proteínas, abundantes y diversas, debían ser las responsables de transmitir los caracteres hereditarios de una generación a otra.
La primera pista para resolver este acertijo surgió de los experimentos que realizó el científico Inglés Frederick Griffith (1879-1941) mientras trabajaba en una vacuna para la neumonía. Griffith estaba trabajando con dos tipos de bacterias: una no encapsulada inocua y otra encapsulada letal. Lo que Griffith observó fue que al mezclar bacterias encapsuladas muertas por calor con bacterias no encapsuladas vivas e inyectarlas en ratones, estos morían. Al hacer las autopsias, Griffith sólo encontró bacterias encapsuladas vivas en la sangre de estos ratones. Su conclusión fue que había algo en las bacterias encapsuladas que podía transformar a las bacterias no encapsuladas inocuas en el otro tipo, encapsulado y letal. Este algo fue bautizado como principio transformante.
        Lamentablemente Griffith murió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el laboratorio donde trabajaba fue bombardeado por lo Alemanes (si, estaba trabajando en el laboratorio mientras Londres era bombardeado). 
        Afortunadamente, su trabajo fue el punto de partida para las investigaciones acerca del principio transformante llevadas a cabo por Oswald Avery (1877-1955).
Canadiense de nacimiento y médico de formación, Avery abandonó tempranamente la práctica clínica de la medicina para dedicarse a la investigación científica, trabajando casi toda su vida en el Hospital del Instituto Rockefeller en Nueva York. Inicialmente su trabajo se centró en la especificidad antigénica de los neumococos, logrando demostrar que esta residía en los azúcares y no, como se pensaba, en las proteínas.
Pronto Avery se interesó en la identidad del principio transformante. Junto a su grupo de trabajo, conformado por los médicos Colin MacLeod y Maclyn McCarty, emplearon los métodos más sofisticados de la época para purificar DNA, RNA, proteínas, lípidos y azúcares provenientes de las bacterias encapsuladas letales. El plan era lograr transformar a las bacterias inocuas en letales usando estas preparaciones. La identidad molecular del principio transformante correspondería entonces a la preparación que lograra repetir los resultados del experimento de Griffith.

El trabajo describiendo estos resultados fue publicado en The Journal of Experimental Medicine el día 1 de febrero de 1944 y describía en 27 páginas los hallazgos del grupo de investigación: al mezclar DNA puro proveniente de las bacterias encapsuladas y letales se lograba transformar a las bacterias no encapsuladas inocuas en letales. Ahora estaba clara la identidad molecular del principio transformante: era el DNA. Los genes, aquello que determina las características de los seres vivos, residía en una sencilla molécula, compuesta por solo 4 tipos diferentes de bloques fundamentales: A, G, C y T. Avery tenía 66 años al momento de publicar este hallazgo, posiblemente el más importante de la biología del último siglo.

Sin embargo, jamás se le concedió el premio Nobel.

Entre 1932 y 1945, Avery fue nominado casi todos los años al premio Nobel en Medicina y Fisiología por sus descubrimientos acerca de la especificidad antigénica en neumococos. Lamentablemente, el comité del premio Nobel en el Instituto Karolinska estaba conformado por investigadores que creían que las preparaciones de Avery estaban contaminadas con proteínas y que eran éstas, y no los azúcares, los responsables del efecto descrito. Algo similar ocurrió con los experimentos con DNA: varios miembros del comité Nobel pesaban que la contaminación con proteínas en los preparados de DNA de Avery era la responsable de transformar a los neumococos. El contexto histórico tampoco ayudaba. Por esa época se pensaba que el DNA era una molécula demasiado sencilla para cumplir una misión tan compleja y se le atribuía un papel meramente estructural. Entre 1952 y 1954 se acumuló considerable evidencia que respaldaba los hallazgos de Avery. Sin embargo, jamás estuvo ni cerca de ganar el premio Nobel.

Avery era un hombre sencillo y muy humilde. La Royal Society de Londres le concedió la medalla Copley, el premio más importante que concede a un investigador, pero Avery se excusó de asistir a recibirla. Rara vez dictaba charlas y generalmente hacía presentar a sus colaboradores más jóvenes. Tal vez este rasgo de su carácter contribuyó a que sus ideas no se asentaran más rápido en la comunidad científica.
Actualmente existe consenso de que no haberle concedido el premio Nobel a Oswald Avery es el la omisión más grande en la historia de este premio.

Desde 1976 uno de los cráteres de la Luna lleva su nombre. Es uno pequeño, no muy visible, casi humilde. Como Avery.

Dime lo que tomas (y te diré lo que padeces)

        Tengo insomnio. Tanto insomnio que hace días no logro dormir. Así que tomo la bolsa de café molido y pongo una generosa porción en la cafetera. Agrego agua y espero a que el aroma del café indique que ya tengo una taza de mi brebaje favorito, listo para neutralizar este ataque de insomnio.

        En este punto deben estar pensando que me volví loco ¿Café para el insomnio? Es como apagar un incendio con bencina. Pero bueno, no se alarmen. No es que vaya a tomar café. Diluiré mi café con agua hasta tal punto que, al final, lo que me tomaré no tendrá ninguna molécula de cafeína ¿Están enfermos del estómago? Coman ciruelas crudas, de preferencia verdes ¿Tienen dolor, hinchazón y enrojecimiento? Tomen veneno de araña.  Claro que antes de hacerlo deben diluir estas sustancias hasta el punto en que no hay absolutamente nada más que agua en el preparado.

      Lo que acaban de leer es una descripción más o menos precisa de los fundamentos de la homeopatía (del griego homoios, similar y pathos, sufrimiento), disciplina creada por el químico y médico alemán Samuel Hahnemann (1755-1843), en una época en la que la medicina era más un arte que una ciencia. La homeopatía propone que las dolencias que padece una persona pueden ser contrarrestadas por sustancias que producen esas mismas dolencias en personas sanas, como lo establece claramente su principal axioma: similia similibus curantur (lo similar se cura con lo similar).

      La homeopatía presenta varios desafíos. El más evidente: un grupo de voluntarios sanos debe probar sustancias tóxicas, venenos, preparados, sales y medicinas para verificar que es lo que pasa al ingerir grandes dosis de estos compuestos. Bueno, dosis no tan grandes, ya que deben ser capaces de describir todos los síntomas asociados a la ingesta de esa sustancia. Síntomas físicos, emocionales y mentales. Así que no pueden darse el lujo de morir en el intento. Este compendio de síntomas asociados a sustancias recibe el sugerente nombre de Materia Médica Pura.

      Luego de identificados los síntomas que produce una sustancia hay que hacer el preparado. En este punto la estrategia es apabullantemente sencilla: diluir en agua pura la sustancia hasta el punto en que no hay absolutamente nada más que agua. Luego, diluir un poco más. Bueno, para ser justos, no es llegar y diluir. Se debe seguir un protocolo claramente establecido: agitar vigorosamente la dilución al menos unas diez veces para transmitir el “espíritu” de la sustancia al agua. Esta agitación vigorosa se conoce con el nombre de “sucusión” y junto con la dilución producen el proceso de “dinamización” del agua. Esto es clave para la acción del preparado.

       En Chile los preparados homeopáticos gozan de gran popularidad. Tomemos por ejemplo el Nux Vómica 200C, indicado para estrés, irritabilidad, impaciencia, intolerancia a ruidos y olores, insomnio, cefalea, espasmos, dispepsia, dolor abdominal y lumbar, acidez y vómito violento (en este punto no puedo dejar de pensar en los voluntarios que contribuyeron a la inclusión de Nux Vómica en la Materia Médica Pura).  La clave es el numero después del nombre. 200C quiere decir que el principio activo puro (conocido como Tinta Madre) es diluido 1:100 (dilución centesimal, de ahí la C), agitado (dinamizado) y luego diluido 199 veces más, hasta llegar a la dilución 200. Si aplicamos matemática y asumimos que Avogadro está en lo correcto, hay una molécula de principio activo por cada 1x10E400 (un 1 seguido de 400 ceros) moléculas de agua. Para que se hagan una idea, se estima que en el Universo hay 1x10E80 átomos. Es decir, una dilución 200C sobrepasa largamente el límite de dilución del Universo entero. Lo más insólito es que los preparados homeopáticos más potentes son aquellos más diluidos.

      En la actualidad la homeopatía es parte de los planes de salud de algunos países, pero ha sido vetada en otros. La Cámara de los Comunes en Inglaterra declaró que los preparados homeopáticos no son medicina y por lo tanto ya no están cubiertos por el sistema de salud (en Inglaterra se gastan al año unos 4 millones de libras en ellos; unos 3.200 millones de pesos chilenos).

      Varios estudios clínicos se han realizado para estudiar el efecto de los preparados homeopáticos. La conclusión es que en los casos que se ha reportado una mejoría de los síntomas se trata del efecto placebo. El punto es que un frasco de Nux Vómica cuesta dinero y no trae nada más que talco, almidón o lactosa. No hay nada en esas tabletas que pueda remotamente curar alguna dolencia.

      Tengo sueño. Tanto sueño que no puedo mantenerme despierto. Así que tomo la bolsa de café molido y pongo una generosa porción en la cafetera. Agrego agua y espero a que el aroma del café indique que ya tengo una taza de mi brebaje favorito, listo para neutralizar este ataque de sueño. Mejor así ¿no?

La memoria del agua

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      En Junio de 1988 la revista Nature –una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo– publicó un artículo que dejó atónitos a sus lectores. El título del trabajo era Human basophil degranulation triggered by very dilute antiserum against IgE y fue acompañado de una extraña nota editorial firmada por el editor en jefe de Nature, el físico John Maddox. La nota se titulaba “Cuando creer lo increíble” y recomendaba leer el artículo con prudencia, explicando además que se había pedido la confirmación de los resultados a cuatro laboratorios independientes. Además, un grupo de investigadores visitaría el laboratorio de Jacques Benveniste, el científico responsable del artículo ¿Qué era lo que decía el artículo de Benveniste que causó tanto revuelo? En palabras sencillas, los hallazgos del grupo de Benveniste indicaban que el agua podía recordar lo que había estado disuelto en ella.

         La estrategia experimental del grupo de Benveniste era sencilla: exponer un tipo de células (basófilos) a un anticuerpo; cuando eso ocurre las células responden a la presencia del anticuerpo activando un cambio en su apariencia, efecto conocido como desgranulación, una respuesta fácilmente observable al microscopio. Luego, tomaron la disolución de anticuerpo y comenzaron a diluirla en agua. La diluyeron hasta el punto en que no quedaba ninguna molécula de anticuerpo presente. Y luego siguieron diluyendo. Esa “disolución”, en la que hace rato no había moléculas de anticuerpo, logró desgranular a los basófilos. La explicación de Benveniste fue que el agua podía recordar que el anticuerpo había estado disuelto en ella y de alguna manera este recuerdo molecular era capaz de activar una respuesta biológica.  Benveniste comparó este efecto a sumergir las llaves del auto en un río y, kilómetros río abajo, arrancar el auto usando unas gotas del agua de río. Decenas de cartas firmadas por iracundos científicos llegaron a Nature, indignados por la publicación de este artículo, al que claramente le faltaban controles adecuados para tamaña afirmación. Rápidamente se solicitó que grupos independientes trataran de repetir los resultados del grupo de Benveniste. Lo más insólito: John Maddox quería ir personalmente al laboratorio de Benveniste a ver como hacían los experimentos.

        John Maddox no llegó sólo. Se hizo acompañar por el químico Walter Stewart (especialista en fraudes científicos) y por James Randi, un mago experto en prestidigitación y conocido escéptico. La misión del grupo era confirmar algo que ya se especulaba: había fraude. Se programaron experimentos dobles-ciegos: la persona que hace el experimento desconoce cual muestra está analizando, las que son codificadas. Para aumentar la tensión, las claves para descodificar las muestras se pusieron en un sobre pegado al cielo del laboratorio de Benveniste. Tanto los experimentos realizados durante esta visita como los realizados por cuatro laboratorios independientes fueron negativos: jamás se observó el efecto descrito por Benveniste y el artículo fue retractado por la revista.

        Benveniste escribió airadas cartas de descargo que fueron publicadas por Nature. Consideraba que había recibido un mal trato, que la visita del “grupo de inquisidores de la ciencia” –como llamó a Maddox, Stewart y Randi– había entorpecido el trabajo de su grupo. Por otro lado, se cuestionó que los sueldos de algunos investigadores del grupo de Benveniste fueran pagados por una compañía de homeopatía. Esto, ya que los resultados obtenidos por Benveniste otorgaban una base científica a la homeopatía.

         A pesar del rechazo generalizado de sus teorías por parte de la comunidad científica, Benveniste insistió en sus extraños experimentos. Según declaró logró transmitir por vía telefónica un estímulo biológico, estableciendo las bases de lo que él llamo “Biología Digital”. El Departamento de Defensa de los Estados Unidos financió una investigación para confirmar los datos de Benveniste y puso a cargo de esta investigación a un experto en medicinas alternativas, debido a las implicancias de los resultados de Benveniste para la homeopatía. Durante este proceso sólo se obtuvieron resultados negativos, excepto cuando los experimentos fueron realizados por una persona en particular del equipo de Benveniste.

        Jacques Benveniste murió el 3 de Octubre de 2004 en París. La única explicación formal para sus resultados era que el agua generaba una especie de jaula molecular estabilizada por puentes de hidrógeno y que esta estructura permanecía inalterable luego de eliminar el soluto, imitando la estructura molecular de éste. Sin embargo, el año 2005 se determinó que la dinámica de los puentes de hidrógeno hace que se pierda cualquier correlación persistente entre moléculas de agua en 50 millonésimas de nanosegundo. Ese fue el golpe de gracia definitivo para las teorías de Benveniste. Sin embargo, aún el día de hoy mucha gente insiste en decir que el agua tiene memoria…

      Hagamos un ejercicio: supongamos por un momento que el agua si tiene memoria y puede (de alguna forma misteriosa) recordar lo que estuvo disuelto en ella. Ahora, piensen en todas las substancias que han estado en contacto con el agua (fluidos corporales, basura, drogas y todo lo que echen por el desagüe… o al WC). ¿Cómo creen que estarían si el vaso de agua que se tomaron en la mañana “recordara” todas las moléculas que han estado en contacto con ella y les produjera un efecto biológico?