Love is in the air

Muchas veces el olfato es relegado a un segundo plano cuando se piensa en la relevancia de nuestros diferentes sentidos. Sin embargo, basta con entrar a un carro del Metro en una calurosa tarde de verano para recordar que nuestro olfato es también muy sensible, solo que muchas veces es opacado por los otros sentidos. Por ejemplo, al estudiar la riqueza sensorial de los sueños, se logró determinar que las personas no-videntes de nacimiento sueñan incorporando manifestaciones sensoriales como texturas, sabores y olores con una frecuencia mucho mayor comparada con quienes pueden ver.

Una de las funciones del sistema sensorial olfativo es la de detectar ciertas moléculas volátiles, llamadas feromonas, que poseen diferentes papeles. Si bien la primera feromona en ser descrita correspondía a un potente afrodisiaco secretado por las polillas de la seda hembra –que podía enloquecer a una polilla macho a kilómetros de distancia– las feromonas también tienen otras funciones, como ahuyentar a la competencia, alertar de peligro o actuar como una señal para agruparse.

En los animales existe una estructura especializada, llamada órgano vomeronasal, que es responsable de detectar las feromonas. En los humanos no se ha podido establecer de manera clara la existencia de tal estructura y existe controversia sobre el porcentaje de adultos humanos que poseen el órgano vomeronasal. Sin embargo, aunque existiera el órgano vomeronasal sería inútil, ya que los genes necesarios para su funcionamiento no existen en humanos (existen solo como pseudogenes). Es decir, aunque tuviéramos el hardware (cosa muy poco probable), no tenemos el software necesario para hacerlo funcionar.

 No obstante, está claro que en los humanos los olores ejercen un efecto importante en la selección de una pareja sexual y en otros comportamientos. Uno de los hallazgos más interesantes al respecto es el que vincula a los genes del Complejo Mayor de Histocompatibilidad con el olor corporal.

¿Histocompatiqué?

El Complejo Mayor de Histocompatibilidad (o MHC, por sus siglas en inglés) es un conjunto de proteínas que se encuentra en la superficie de las células del sistema inmune y que está codificado por una gran familia de genes en los vertebrados. El MHC tiene varias funciones y una de ellas está relacionada con la detección de patógenos: entre más variabilidad de genes de MHC tenga un individuo, más robusto será su sistema inmune. El MHC también es responsable del rechazo de órganos que puede ocurrir cuando se hace un trasplante (de ahí viene de hecho su nombre), ya que las células del sistema inmune no reconocen como propias a las proteínas de membrana que tiene el órgano trasplantado cuando este no es compatible y lo atacan, provocando el rechazo. Esta es la razón por la que las personas que se han sometido a un trasplante de órgano deben seguir de manera frecuente una terapia de inmunosupresión.

 De hombres y ratones

Desde hace algún tiempo se sabía que los ratones podían elegir a sus parejas sexuales guiándose por el olor de la orina. Se descubrió que el olor de la orina contenía información relacionada con el MHC y que de alguna manera los ratones macho podían distinguir (y rechazar) a las hembras que tenían genes del MHC similares a los propios. Esta información es muy relevante, ya que impide la endogamia –es decir, la reproducción sexual entre individuos relacionados, como por ejemplo entre hermanos– y además permite que los ratones elijan como pareja sexual a aquellos individuos que tienen un MHC lo más diferente posible, garantizando que su descendencia poseerá un repertorio de genes del MHC más amplio y, por lo tanto, un sistema inmune más robusto.

En este contexto, resultó bastante sorprendente que los humanos fueran capaces de distinguir solo por su olor a ratones cuya única diferencia era los genes del MHC. Al mismo tiempo, los ratones eran capaces de reconocer diferencias en el MHC humano a partir del olor de la orina. De esta forma, resultó muy sugerente la idea de que tal vez los humanos pudiéramos utilizar el olor como una herramienta de selección de pareja basada en los genes del MHC, aún sin poseer un órgano vomeronasal funcional.

 I’m too sexy for my shirt

En un experimento ya clásico, se le pidió a varios hombres que durante dos días durmieran usando una polera de algodón. Se les pidió que no fumaran, que se abstuvieran de tener relaciones sexuales y que no comieran nada muy especiado, para no alterar su olor corporal. Al cabo de los dos días las poleras fueron guardadas en frascos herméticamente sellados; luego, a un grupo de mujeres se le pidió que oliera estas poleras. Se les pidió a las mujeres que ordenaran las poleras, desde la que tenía el olor que más les agradó a la que más les desagradó. Una vez que hicieron este ranking de olor se les extrajo una muestra de sangre a los participantes en el estudio y se compararon los genes del MHC. Lo que se encontró fue que entre más agradable resultó el olor de la polera, más diferentes eran los genes del MHC entre esos individuos. No solo eso; muchas mujeres declararon que el olor que más les agradó era similar al de su actual o ex-pareja. De esta forma, el olor más agradable para las mujeres correspondió al de hombres cuyos genes de MHC garantizan una descendencia con un sistema inmune más robusto. De manera muy interesante, este efecto se revierte cuando las mujeres toman anticonceptivos orales; en ese caso prefieren el olor de hombres con genes de MHC más parecidos. Los autores del estudio especulan que esto podría relacionarse con un cambio producido por el perfil hormonal de las mujeres que toman estos anticonceptivos, que llevan a un estado similar al del embarazo. Según los autores, esto podría ser un mecanismo desarrollado a partir de la necesidad de asociarse con familiares durante el embarazo, lo que puede ser útil para el cuidado de la descendencia.

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Lo irresistible de ese olor podría tener profundas raíces evolutivas y estaría relacionado con la selección de una pareja que garantice una descendencia con un mejor sistema inmune.

Actualmente se postula que el olor axilar de cada individuo es una compleja mezcla de compuestos volátiles, cuya composición depende en parte del tipo de bacterias de la flora normal de la piel. Se postula que los péptidos transportados por el MHC a las glándulas sudoríparas son metabolizados por las bacterias de las flora normal y convertidos en compuestos volátiles. De esta forma, existe una especie de huella digital olfativa que depende del tipo de bacterias que viven en la piel y de los genes del MHC. Así, la mezcla de olores resultantes es un reflejo de los genes del sistema inmune, que puede ser inconscientemente seleccionado o rechazado. Si bien esta huella digital olfativa no puede ser considerada como una feromona en el sentido estricto de la definición, si abre las puertas para que se investigue más acerca de la relación que existe entre la selección de pareja y el olor corporal.

Les dejo una recreación del experimento de las poleras realizado por Robert Winston para la serie Human Instinct.

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