Una papa americana

Las papas son el tercer cultivo más importante del mundo –detrás del arroz y el trigo– y anualmente se producen unas 300 millones de toneladas métricas que son consumidas por mil millones de personas. Parte importante de este gran éxito de producción y consumo está relacionado con las propiedades intrínsecas de las papas: pueden ser propagadas vegetativamente (una planta nueva puede obtenerse directamente desde una papa) y crecen en una gran variedad de climas y condiciones geográficas. Además, son una importante fuente de almidón, proteínas y vitaminas. Sin embargo, la historia del cultivo de la papa está marcada por la desconfianza, el miedo y la hambruna.

Un problema de familia

La evidencia genética disponible sugiere que las papas habrían sido domesticadas originalmente en el actual Perú, existiendo una gran diversidad genética en esta zona y en el sur de Chile. Parte importante de esta diversidad genética está dada por unas 180 especies diferentes de papas silvestres y más de 4.000 variedades, que dan cuenta de una infinidad de tamaños, colores y formas. Sin embargo, parte importante de estas papas silvestres no son comestibles. Esto, ya que acumulan cantidades variables pero relativamente altas de solanina, un glicoalcaloide neurotóxico que tiene propiedades antifúngicas y que es parte de las estrategias naturales de defensa de las papas. Sin embargo, al ser consumidas por los humanos, producen nauseas, diarrea, vómitos, calambres estomacales, arritmia cardiaca, dolor de cabeza y mareos. En los casos más graves se suman a estos síntomas las alucinaciones, parálisis, fiebre, hipotermia y en los casos más severos, la muerte.

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Estructura química de la solanina

Las papas que cultivamos para consumo humano han sido seleccionadas porque entre otras cosas producen mucho menos solanina, lo que quiere decir que han perdido su estrategia de defensa contra los patógenos y requieren que la mano del hombre las cuide. La poca solanina que producen los cultivos comerciales de papa se encuentra principalmente en las hojas de la planta (por eso que un té de hojas de papa, por muy natural que sea, es una pésima idea) y en cantidades mucho más bajas en los tubérculos. Sin embargo, en ciertas condiciones de almacenaje, los tubérculo acumulan cantidades potencialmente peligrosas de solanina. Esto queda en evidencia porque hace que las papas tomen un color verdoso. Si bien parte importante de la solanina es destruida en la cocción, se han descrito casos masivos de intoxicación con papas mal almacenadas, el último de ellos en una escuela en Inglaterra en 1979.

Una planta venenosa que no está en la biblia

Las papas fueron introducidas a Europa alrededor de 1570, inicialmente en España y años después a Inglaterra. Sin embargo, a pesar de que eran consumidas masivamente en América, la desconfianza por este nuevo cultivo nunca antes visto en Europa fue grande. Inicialmente su consumo chocó con una barrera religiosa: las papas no estaban descritas en la biblia y por lo tanto las personas pensaban que dios no tenía planeado que la gente las comiera. Por otro lado, cuando los botánicos caracterizaron a las papas como pertenecientes a la familia de las Solanáceas, la gente rápidamente las asoció a otro tipo de plantas de esta familia que son tóxicas: la Belladonna (Atropa belladonna o deadly nightshade), una planta nativa de Europa y extremadamente tóxica. Su toxicidad está dada principalmente por la escopolamina, que causa extrañas alucinaciones y delirio. Además, sus propiedades farmacológicas del tipo anticolinérgicas han sido muy usadas, por ejemplo, para preparar atropina y, en la antigüedad, extractos de la planta se usaban para que las mujeres se dilataran las pupilas (de ahí el nombre Belladonna, mujer hermosa).

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Efecto de la aplicación local de atropina sobre las pupilas. El ojo a la izquierda recibió atropina y puede apreciarse que la pupila se encuentra muy dilatada con respecto a la pupila de la derecha, que no fue tratada con atropina.

La enorme resistencia al consumo de papas en Europa hizo que este cultivo fuera usado casi exclusivamente para alimentar cerdos. El consumo humano era más común entre la gente muy pobre –que no tenía otra cosa para comer– o las personas ricas, que las comían como una novedad (algo así como hipsters de la antigüedad).

Papas a la Parmentier

El consumo de papas en Europa se había limitado principalmente a Irlanda y otros países de la parte oriental del continente. Este escenario cambió gracias a Antoine-Augustin Parmentier. Nacido en 1737, Parmentier es una figura muy importante en la historia de Francia: fue la persona que estableció la vacunación obligatoria contra la viruela, fue pionero en la extracción de azúcar desde la remolacha y además fundó la escuela de panaderos (sólo por esto último se ganó mi aprecio infinito). Los Prusianos lo tomaron prisionero mientras se desempeñaba como farmacéutico en la guerra de los 7 años (1756-1763) y ahí conoció las bondades de las papas. El rey Federico II de Prusia había ordenado a los campesinos que cultivaran papas para consumo humano y Parmentier las comió durante su cautiverio. Convencido de que eran seguras y nutricionalmente valiosas, volvió a Francia al ser liberado convencido de que debían ser cultivadas. Comenzó sus estudios sobre química nutricional en Paris y en 1772 postuló que las papas serían un buen alimento para pacientes con disentería. Gracias a sus estudios nutricionales sobre las papas, éstas fueron calificadas como comestibles por la Facultad de Medicina de la Universidad de Paris ese mismo año. Sin embargo, las personas aún no estaban convencidas de comer papas. Para cambiar su opinión, Parmentier organizó grandes banquetes donde los platos principales se preparaban en base a papas e invitaba agrandes figuras de la época, como Benjamin Franklin y Antoine Lavoisier. Además, hacía que los invitados –incluyendo a los reyes– usaran flores de plantas de papa como adorno.

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Antoine-Augustin Parmentier (1737 – 1813)

Sin embargo, su jugada magistral fue poner guardias armados a vigilar los campos de papa que había a las afueras de Paris. Luego de algunos días ordenó que los guardias se retiraran y las personas, curiosas por saber que tipo de valioso cultivo era custodiado por la guardia real, entró al campo a sacar las plantas. El golpe final vino en 1785, cuando las papas evitaron una gran hambruna en el norte de Francia luego de que otros cultivos tuvieran una pésima cosecha. Actualmente existen muchas recetas “a la Parmentier” que tienen en común llevar papas en su preparación.

All I want is you potato

A partir de ese momento se consolidó el consumo de papas en Europa y en algunos países incluso se generó una dependencia. Ese fue el caso de Irlanda, país donde el cultivo de la papa se convirtió en el más importante. De hecho, un tercio de la población de Irlanda dependía fuertemente del cultivo de papas para substituir. Entre otras cosas, influyó fuertemente un impuesto que el gobierno de Inglaterra aplicó a los cereales importados (The Corn Laws) para proteger la producción local de cereales. La ley, sin embargo, tuvo como efecto el hacer subir de manera artificial los precios de los granos, lo que hizo que las personas más pobres cambiaran el maíz y trigo por papas. De esta forma, se creó un escenario de dependencia nutricional muy grande de la producción de papas, particularmente en Irlanda. A esto hay que sumar que la forma de reproducción vegetativa de las papas y la poca variabilidad genética de las plantas que llegaron a Europa hacían que fueran muy susceptibles al ataque de patógenos. Esto último ocurrió de manera violenta en Europa y particularmente en Irlanda entre 1845 y 1852, cuando el patógeno de plantas Phytophthora infestans destruyó casi la totalidad de los cultivos de papa, resultando en un millón de personas muertas por hambre y otro millón emigrando. Se estima que en el transcurso de los ocho años que duró la Gran Hambruna Irlandesa la población de Irlanda disminuyó entre un 20 a un 25%. En un artículo publicado en julio de este año, un grupo de investigadores determinó que el patógeno causante de la Gran Hambruna Irlandesa se originó en el centro de México, información que resultar muy valiosa para proteger a las papas de este patógeno, uno de los más importantes que afectan a la producción de papas y que cada año produce pérdidas por 6 mil millones de dólares a nivel mundial.

Actualmente se buscan alternativas para proteger a las papas del ataque de los patógenos y extender el tiempo de almacenaje. Para esto, será fundamental el tener acceso a material genético de papas nativas y silvestres, las que probablemente contengan la información necesaria para mejorar este cultivo. Algo que ciertamente no es papita.

El ADN de un crimen

Londres, 1997. Una mujer ha sido brutalmente asesinada y no hay pistas que puedan ayudar a la policía a dar con su o sus asesinos. Sin embargo, tal como las series de televisión nos han enseñado, una pequeña muestra de tejido –una gota de sangre, algo de saliva, algunos cabellos– pueden ser suficientes para lograr la identificación de un culpable o exonerar a un sospechoso a través de la identificación de su ADN.

Los ensayos de ADN en casos de asesinato se hicieron muy populares en 1994 cuando O. J. Simpson –jugador de fútbol americano retirado y actor de cine– fue acusado de asesinar a su esposa y el amante de ella en su casa de Los Ángeles, EEUU. La policía encontró más de 400 manchas de sangre en la escena del crimen y se estableció que esa sangre pertenecía a O. J. Simpson mediante análisis de ADN. Sin embargo, la defensa de Simpson acusó de racismo al departamento de policía de Los Ángeles y sugirió que la evidencia podría haber sido plantada en la escena del crimen. Además, logró poner en duda la confiabilidad de los procedimientos y sugirió que hubo errores de manipulación de las muestras, a pesar de que cinco laboratorios de manera independiente llegaron a los mismos resultados. Finalmente el jurado dio su veredicto: no culpable. Los abogados de Simpson se salieron con la suya.

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O. J. Simpson en la portada de Newsweek y Time. El caso fue muy comentado en EEUU.

En otras ocasiones, los ensayos de ADN han servido para fines más nobles. En EEUU existe el ‘Innocence Project’, una organización que se dedica a exculpar a personas injustamente encarceladas a través de la identificación de ADN y su contraste con las evidencias biológicas halladas en la escena del crimen. En la inmensa mayoría de los casos se trata de personas que han sido erróneamente identificadas por las propias víctimas o por terceros. Parte importante de estos errores se han producido porque en los tribunales de justicia una de las formas de evidencia más sólida que existe es el testimonio de los testigos. Algo que contrasta bastante con lo que ocurre con la actividad científica, en donde el solo testimonio de un testigo (“yo vi esto, tienes que creerme”) no tiene ningún valor. Hasta la fecha, 316 personas han sido exculpadas de manera oficial gracias al ‘Innocence Project’, la primera de ellas en 1989.

Volviendo al asesinato en Londres, la policía decide tomar varias muestras de las uñas del cadáver. Las víctimas de crímenes violentos en ocasiones logran rasguñar a sus agresores mientras tratan de impedir un ataque, por lo que quedan muestras de tejido que pueden servir para identificar a un posible agresor. La policía recibe los resultados de los análisis de ADN realizados a las uñas de la víctima y tienen una identificación positiva. Se trata del ADN de otra mujer, la posible asesina. Sin embargo, se topan con un problema imprevisto: la sospechosa fue asesinada dos semanas antes que su supuesta víctima.

touchDNA050813No es la primera vez que los resultados de los ensayos de ADN producen confusión. En Europa, una serie de más de 40 asesinatos cometidos en Alemania, Austria y Francia entre 1993 y 2009 fueron atribuidos a una misteriosa asesina en serie. El caso se conoció con el nombre de “El fantasma de Heilbronn” o “La mujer sin rostro”. Una compleja investigación logró descubrir en 2009 que el ADN identificado en las escenas de los crímenes estaba presente como contaminación en las varillas de algodón usadas para tomar las muestras. Una mujer en la fábrica que hacía esas varillas era la dueña de ese ADN.

En el caso de Londres se decide hacer una revisión completa al proceso de toma de muestras. Se descubre que a ambas mujeres –la supuesta asesina y la víctima– se les tomaron las muestras en la misma morgue. Finalmente, un verdadero culpable: las tijeras usadas para cortar las uñas estaban contaminadas con ADN de al menos tres personas, incluyendo el de la supuesta asesina, a pesar que eran limpiadas entre cada procedimiento. Este hecho sirvió para modificar el protocolo de toma de muestras: ahora todo el material utilizado debe ser desechable y debe ser incluido como evidencia.

A medida que las técnicas de detección de ADN se vuelven más sofisticadas, resulta claro que la presencia de un ADN en la escena de un crimen no puede ser la única evidencia para inculpar. Después de todo, vamos dejando nuestros rastros moleculares por donde sea que pasemos. Y eso puede incluir la escena de un futuro crimen.