El Premio Nobel que hizo quebrar a un país

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      Cuenta la leyenda que un buen día dos indígenas Aymaras encendieron una fogata cerca del poblado de Camiña, ubicado 50 Km. al interior de Pisagua en la región de Tarapacá, en el norte de Chile. Su intención era quizás abrigarse del frío nocturno o tal vez cocinar algo de comer. Sin embargo, salieron huyendo despavoridos cuando todo el suelo cerca de la fogata comenzó a arder. Los dos indígenas –muy asustados y algo chamuscados– fueron a buscar al cura del pueblo, quien provisto de agua bendita se apresuró al lugar de los hechos para controlar a las fuerzas demoníacas responsables de hacer arder el suelo. Sin embargo, el cura reparó que el suelo contenía grandes cantidades de nitrato de potasio, lo que sumado a otros minerales presentes explicaba el extraño caso del suelo que arde. Y de paso descartó la influencia del diablo en este fenómeno.

      Lo que contenía el suelo en grandes cantidades era salitre: una mezcla de nitrato de sodio (NaNO3) y nitrato de potasio (KNO3) que generalmente se encuentra asociada a otras sales y yeso, menjunje conocido como caliche. El salitre es muy abundante en el norte de Chile y en la zona de Uyuni en Bolivia, siendo estas las reservas más grandes que existen en el mundo. Ciertamente “hace arder el suelo” no es una buena forma de promocionar al salitre, pero afortunadamente se puede utilizar otra estrategia comercial más atractiva: el salitre es un potente fertilizante para las plantas y además materia prima para la producción de pólvora.

      Para explotar el salitre se instalaron en las zonas de producción varias empresas –muchas de ellas de capitales extranjeros, principalmente Ingleses– las que debido al aislamiento eran casi autosuficientes y funcionaban como pequeñas ciudades. Estos asentamientos se conocían con el nombre de Oficinas Salitreras y cada una poseía una estructura administrativa propia, viviendas para todo el personal, iglesia, colegios, centros de esparcimiento y negocios de abarrotes, los que eran conocidos como pulperías. Los dueños de la oficina salitrera eran también los dueños de la pulpería, en las que solo se podía utilizar el dinero que la propia oficina salitrera emitía. De esta forma, a los obreros les pagaban en una moneda que solo podían usar para comprar en la pulpería de la Oficina Salitrera en la que trabajaban (claramente estas Oficinas Salitreras no eran un candidato para “Las 10 mejores empresas para trabajar”). La vida en las salitreras era muy dura y está asociada además a uno de los eventos más oscuros de la historia de Chile: la matanza de la escuela Santa María de Iquique en 1907.

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Trabajadores de la Oficina Mapocho, ca 1900

      A partir de 1884 Chile se convirtió en el principal productor mundial de salitre. Las exportaciones salitreras llegaron a contribuir con el 30% del producto interno bruto y el año 1916 se alcanzó un récord en las exportaciones, las que llegaron a tres millones de toneladas. Eran buenos tiempos para vender rocas.

Maldita ciencia

      El aire que respiramos es una mezcla complejas de gases, siendo el más abundante el nitrógeno. Lo paradójico es que, a pesar de lo abundante que es en el aire, la disponibilidad de nitrógeno en el suelo es relativamente baja. El nitrógeno es parte de las moléculas esenciales para la vida –como aminoácidos y bases nitrogenadas– y son las plantas y otros organismos los principales encargados de sintetizar compuestos que contienen nitrógeno. Para esto pueden valerse del nitrógeno que se mineraliza desde el aire gracias a las lluvias o, en gran medida, gracias al trabajo de algunas bacterias que pueden fijar el nitrógeno para que luego las plantas lo incorporen en sus biomoléculas. Cuando se descubrió que el suelo del norte de chile era rico en nitrógeno en la forma de nitrato de sodio y potasio, rápidamente se abrió un mercado ávido de fertilizantes y también de pólvora.

      La pólvora había sido inventada por los chinos cerca del año 600 mientras intentaban dar con una poción para la vida eterna (es probable que el primero que la probó haya experimentado un efecto algo contraproducente). Durante casi 600 años los chinos emplearon la pólvora principalmente para hacer fuegos artificiales, es decir, como mera diversión. Sin embargo, hacia el año 1.200 los chinos aprendieron que la pólvora podía tener otras aplicaciones, principalmente bélicas. La pólvora está compuesta en un 15% por carbono, 10% de azufre y 75% de nitrato de potasio, por lo que los yacimientos de salitre del norte de Chile se convirtieron en un recurso preciado, lo que contribuyó al auge de las Oficinas Salitreras.

      Por esa época los químicos estaban obsesionados con mejorar las reacciones para purificar metales y otros compuestos escasos. En la Francia de Napoleón III el aluminio era tan difícil de purificar que era más caro que el oro y la nobleza reservaba los cubiertos de aluminio para los invitados realmente importantes. El resto tenía que conformarse con los cubiertos de oro. Eso hasta que los químicos lograron desarrollar un proceso de purificación eficiente de aluminio, lo que aumentó su disponibilidad e hizo caer su precio. Con el nitrógeno pasaba algo parecido: era tremendamente escaso y no existían formas alternativas eficientes de producirlo a nivel industrial. La solución estaba literalmente en el aire: dado que el nitrógeno gaseoso era muy abundante era posible fijarlo en procesos industriales, aunque la eficacia era tremendamente baja. Lo preocupante era que hasta principios del siglo XX la principal fuente de nitrógeno seguía siendo los depósitos minerales, los que eventualmente se agotarían en algún momento. Alguien tenía que hacer algo al respecto…

      En 1909 el químico alemán Fritz Haber logró destilar amoníaco (NH3) a partir del aire a una velocidad de 125 ml por hora. La empresa alemana BASF compró la patente de este proceso y puso a Carl Bosch a trabajar en un sistema a gran escala para producir amoníaco. El amoniaco era materia prima tanto para fabricar fertilizantes como explosivos y en 1910 el sistema ya se había escalado para uso industrial, lo que suponía un enorme peligro para la economía chilena, que jamás intentó procesar el salitre para venderlo con valor agregado y se limitó a exportar tierra.

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El aparato que usó Haber para obtener amoníaco

      En 1914 estalló la primera guerra mundial. Las reservas de salitre se convirtieron en un blanco estratégico, ya que aportaban grandes cantidades de nitratos para la fabricación de pólvora. Las Oficinas Salitreras estaban en manos de capitales ingleses, los que trataron de controlar el acceso del salitre por parte de los Alemanes. Sin embargo ya era tarde: para no depender de las importaciones de salitre los alemanes masificaron la producción de amoníaco a través del proceso de Haber-Bosch. Usando ciencia, los alemanes se independizaron de la importación de tierra del norte de Chile.

      En 1918 terminó la primera guerra Mundial. Ese mismo año Fritz Haber –quien durante la guerra contribuyó al desarrollo de gases venenosos– fue galardonado con el Premio Nobel de Química por el proceso que permitió fijar nitrógeno de manera industrial. Para el año 1920 la mayoría de la Oficinas Salitreras había cerrado y una profunda crisis social y económica había impactado a Chile. El Estado perdía su sueldo y miles de trabajadores lo perdieron todo. Han pasado casi 100 años y cerca del poblado de Camiña pululan las minas de cobre. Las exportaciones de este metal representan el 57% de todas las exportaciones Chilenas, principalmente en forma de cátodos: grandes planchas de cobre sin procesar. En paralelo, cada día aparecen nuevos usos para el grafeno y se abaratan los costos de su síntesis.

      Es probable que la cultura de extraer recursos naturales para exportarlos casi sin procesar vuelva a golpear a Chile 100 años después del salitre. Dicen que los pueblos que no aprenden de sus errores están condenados al subdesarrollo.